Él
Era otoño; el ambiente fuera era frío y algo triste, por lo que fui a buscar refugio en la librería más cercana. El lugar era pequeño, pero acogedor, y sólo parecían haber un par de personas.
Ingresé y me llegó una sensación cálida y hogareña. A mi derecha, se encontraban los discos de música y a la izquierda, los cientos de libros cuyas páginas envían a un mundo completamente nuevo a quien las lea. Me decidí rápidamente y me dirigí hacia la segunda opción.
Comencé a hojear los ejemplares expuestos intentando encontrar alguno que llamara mi atención, y de repente hallé un libro de mi agrado. Tenía una tapa dura de color azulado, y en su lomo con letras doradas estaba escrito el nombre de su autor. Me recordó a uno de los volúmenes que me leía mi madre cuando yo era pequeño y no conciliaba el sueño.
Abrí el libro.
Ella
Betty hablaba sin cesar y yo, sin muchas ganas de escuchar lo que le había pasado con su ex-novio John, me puse a ver los CDs en un fallido intento de ignorarla.
Después de mucho buscar, finalmente encontré un disco que parecía realmente bueno. Se lo mostré a mi amiga, quien hizo un gesto afirmativo con la cabeza, distraída.
De repente el parloteo de Betty se detuvo y le lanzó una ojeada preocupada al reloj, las horas habían pasado más rápido que lo que tarda el fuego en extinguirse. Me dirigió una mirada significativa e intenté dejar rápido el CD, pero lo único que logré fue que un montón de discos cayeran estrepitosamente al suelo.
Mi amiga soltó una maldición y me miró impaciente. Se acercó un chico cuya presencia yo no había notado, tenía el cabello castaño y unos hermosos ojos celestes. Se arrodilló junto a mí y me ayudó a levantarlos silenciosamente.
Noté que él evitaba mirarme a los ojos. Al terminar, se apartó rápidamente de mí a la vez que yo me sonrojaba y murmuraba un gracias algo inentendible.
Lo seguí con la mirada hasta mientras él se dirigía a la sección de libros. Sostenía en sus manos un ejemplar que creí reconocer, pero no pude ratificarlo ya que Betty tiraba
insistentemente de mi brazo.
Salimos de la tienda y el frío me chocó directamente en el rostro. Mientras acompañaba a mi amiga a una parada del subte cercana, no pude dejar de pensar en el chico de la librería. Al salir del negocio, me había percatado de que él sostenía en su mano uno de mis libros preferidos. De repente me acordé del CD que había llamado mi atención e interrumpí a mi compañera que retomaba de vuelta su charla sobre John.
Me despedí rápidamente de ella, dejándola confusa y corrí lo más rápido posible de vuelta a la tienda.
Él
Los nervios que sentía momentos antes se habían ido para dejar paso a un horrible sentimiento de decepción conmigo mismo. No podía dejar de pensar en su melena más oscura que el carbón, y sus ojos verdes detrás del vidrio de unos grandes anteojos.
¿Por qué no me habría atrevido a hablarle?
Me dirigí nuevamente a la sección de discos, donde antes habían estado la chica y su charlatana amiga. Agarré el último CD que quedaba de mi banda favorita y leí la lista de canciones.
Sentí que algo chocaba contra mí y como salida en mi mente me encontré frente a la hermosa muchacha de enormes gafas. Ella no pareció fijarse en mí, parecía apurada y buscando algo. Yo sostenía en mis manos el último disco de mi banda favorita. Noté que ella se daba la vuelta, como desilusionada, para dar cara a cara conmigo. Creí comprender con rapidez qué era lo que ella intentaba encontrar y casi instintivamente le extendí el CD. La joven me sonrió y antes que se diera vuelta usé toda mi fuerza de voluntad para atreverme a decir:
―Hola.
Ella
Como si hubiera estado esperando largos años ese momento, le respondí:
―Hola, ¿cómo te llamas?
FIN
Bueno, eso es todo. Me parece divertido que en ningún momento se mencionen sus nombres, y les dejo que piensen ustedes qué pasó con estos dos jóvenes.
¡Adiós, y muchas gracias!
